viernes, 22 de abril de 2011

Cuando estás al borde de la desesperación, donde todo lo posible ya lo has hecho, donde no queda nada más que su reacción... Ves que no hay esa reacción. Ves que todo lo que has hecho no ha servido para nada. Que has dicho lo que sientes, te has arrastrado, has aceptado todo lo malo que te ha hecho, y aun así le sigues hablando, y peor aun, queriendo... Sabes cosas, muchas cosas que te revientan pero no haces nada, ¿por qué? Porque le quieres. Necesitas saber de él. Necesitas hablar con él. Necesitas oír su voz. Necesitas verle, tocarle, mirarle... Le necesitas. Y lo peor de todo es que tú para él eres inexistente, como una persona más de las miles que han pasado por su vida. O eso es lo que a ti te demuestra, porque no ves NADA, ni una mísera seña de que le importas lo más mínimo. Y aguantas y aguantas y aguantas... Pero algún día, esperas que no muy lejano, será tarde, muy tarde. ¿O sí será lejano? Llevas así ocho meses, sin dejar ni un día de pensar en él y sintiendo lo mismo que el primer día, esas mariposas que te recorren el cuerpo cada vez que estás con él, cada vez que piensas en él. Y esa alegría que sientes cuando recuerdas los momentos junto a él y te sale una sonrisa de oreja a oreja, pero que se esfuma enseguida, porque no le tienes. Y esos días solo serán recuerdos: recuerdos felices, recuerdos alegres, recuerdos de las noches de verano. Y que se quedarán ahí. Para siempre. Pero lo peor no es eso. Lo peor es cuando vas por la calle, por tu barrio o por su pueblo y ves todos los sitios en los que has estado con él. ¿Y qué pasa? Que se te viene el mundo encima. ¿Por qué? Porque nunca volveréis a estar en esos lugares. Y en ningún otro.





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